Nuestro último programa de 2015 está dedicado a Bitácoras de mundos imposibles de Saúl Rojas Blonval. Gánatelo junto a un Banana-Browie cortesía de Doras Gelato Café enviando la palabra LIBRO + tu NOMBRE + tu CÉDULA DE IDENTIDAD al 3456 (costo por SMS BsF. 1 + básico + IVA).
Aquí mis palabras de presentación:
“Agamenón Aguirre entra
con parsimoniosa familiaridad al café donde tres o cuatro veces a la semana y
entre seis de la tarde y ocho de la noche se dedica a observar la vida entera
de mundos imposibles en su taza de café…” Así abre su libro y primer relato
homónimo al título del libro Saúl Rojas Blonval. Y no creo que sea fortuito
este nombre tan fuerte escogido por el autor para el personaje, Agamenón, que
de la grandiosidad y hermosa mitología griega, termina viendo cosas tan
simples, pero igual de imposibles en la espuma de un buen café.
En un país como el
nuestro son muchas las ocasiones en las cuales nos sentimos sin rumbo,
desconcertados. Para contrarrestar esta
situación nos valemos de lo que sea para enderezarnos, volver a nuestro cause y
seguir en línea recta hacia donde queremos: algunos rezan, otros van con su psicólogo, ciertamente algunos escriben
(¿suerte de terapia del autor con su escritura?); están los que se caen a
curda, hacen meditación o se ahorran ese dinerito y le consultan a su almohada.
Todo es valedero para hallar el norte y dejarnos llevar con total confianza por
nuestra propia bitácora, ese artilugio casi ancestral del que se valieron
tantos marineros para no naufragar, pero que en nuestra modernidad puede tener
cualquier forma, incluso la de un libro.
Esta es la forma que
escogió Saúl Rojas Blonval, la de un libro, para construir su bitácora
literaria, para condensar en sus trece relatos lo quimérico, lo fantástico, lo
inaudito. Tal vez el autor se dijo así mismo lo siguiente: “he preferido hablar
de cosas imposibles/porque de lo posible se sabe demasiado”, tal como cantó
alguien que seguramente ustedes recuerdan pero que prefiero no mencionar por
razones políticas. Así, con este maravilloso mecanismo de la palabra y la
imaginación —o viceversa— concretó su primera publicación: Bitácora de mundos imposibles.
No sería descabellado
pensar que su profesión de arquitecto le haya facilitado la construcción, el
despliegue de imaginería y originalidad para contarnos historias, que por
sencillas, terminan sorprendiéndonos. Es lo que yo llamo el ojo afinado, agudo,
para ver lo que los demás no vemos, a pesar de que todas sus historias nacen o
son tomadas de lo más simple, de una cotidianidad tan natural a cualquiera, de
hechos o situaciones sencillas que pasan frente a nuestras narices y no las
percibimos. Y he allí el encanto de un narrador, de un contador de cuentos.
Todo comienza entonces
con la imagen de un hombre, el Agamenón al cual me referí al principio, en
apariencia solitario, quien se regodea en su placer de tomar café, y sobre
todo, lo que resulta de ello: el estallido de imágenes y situaciones que hasta
le llevan a imaginar el big bang.
Todos estos “mundos imposibles” se le
dan a la perfección al personaje (¿o al autor?), desde que degusta la espuma
del café hasta el azúcar no disuelto que termina en el fondo de la taza. Casi
“una experiencia cósmica” producto de un acto ritual, pero sencillo como
tomarse una taza de café, tal como dice el narrador “la cosa más extraordinaria
que le había pasado en la vida”.
Luego esta bitácora
pasa a un acicalador de bigotes de tigre con un inevitable toque de humor; a
“Pastores de estrellas” en donde hay un delicado toque de cuento infantil
apoyado en la humanización de los personajes, como el sol y la luna por
ejemplo, así como en la hipérbole; hay espacio para un simpático relato en
donde los actores/personajes son las plantas, en un mundo aturdido de árboles y
flores atendidos por Hesperia, una tele operadora paciente y tolerante; también
está un pintor de brocha gorda como Aristarco, quien forma parte del
Departamento de Intervenciones Clandestinas perteneciente a una ciudad que
sufre “una revolución emocional”, pues lo que aquí se pinta son manchas, manchas
de humedad. Y así pasamos a una dieta musical a base de saxofón; a un taller en
donde se construyen sombras; al relato de una extraña doctora con mala memoria
pero que irónicamente es una experta en recopilar recuerdos y hasta por unos
sofisticados maratonistas que corren laberintos.
Relato tras relato
vamos de asombro en asombro y es que el cuento como género, en esencia, va de
eso, de lo inaudito, de lo inesperado y en la Bitácora de mundos imposibles Saúl Rojas Blonval logra esta
impronta de sorprender al lector y más aun tratándose de su ópera prima. En un
mercado editorial tan variopinto como el nuestro, en donde al parecer estamos
mirándonos más a nosotros mismos, bien por la condición país o porque
decididamente reconocemos nuestros propios talentos literarios, publicar un
libro entraña de por sí un mérito
rotundo ante las adversidades que todos conocemos. Y si este esfuerzo, lleva
página a página una buena historia, buenos relatos, pues mejor valía alcanza el
empeño de darle vida a un nuevo libro.
Después de mi lectura,
y ver o sentir los aires o coqueteos cortazarianos que tienen estos relatos,
por aquello de lo fantástico y la manera de re-crear mundos, me surge entonces
la inevitable reflexión y se la transmito a ustedes con toda la mejor intención
(aparte de que compren el libro): si esta es su primera publicación a través de
lo imposible, ¿cómo serán las que se vengan si el mundo que decide narrar va de
lo palpable, de lo tangible y de lo posible? Que cada quien lea, disfrute de esta Bitácora
de mundos imposibles y le dé respuesta a esta pregunta.
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