lunes, 21 de diciembre de 2015

Bitácoras de mundos imposibles

Nuestro último programa de 2015 está dedicado a Bitácoras de mundos imposibles  de Saúl Rojas Blonval. Gánatelo junto a un Banana-Browie cortesía de Doras Gelato Café enviando la palabra LIBRO + tu NOMBRE + tu CÉDULA DE IDENTIDAD al 3456 (costo por SMS BsF. 1 + básico + IVA).



Aquí mis palabras de presentación:

“Agamenón Aguirre entra con parsimoniosa familiaridad al café donde tres o cuatro veces a la semana y entre seis de la tarde y ocho de la noche se dedica a observar la vida entera de mundos imposibles en su taza de café…” Así abre su libro y primer relato homónimo al título del libro Saúl Rojas Blonval. Y no creo que sea fortuito este nombre tan fuerte escogido por el autor para el personaje, Agamenón, que de la grandiosidad y hermosa mitología griega, termina viendo cosas tan simples, pero igual de imposibles en la espuma de un buen café.
En un país como el nuestro son muchas las ocasiones en las cuales nos sentimos sin rumbo, desconcertados.  Para contrarrestar esta situación nos valemos de lo que sea para enderezarnos, volver a nuestro cause y seguir en línea recta hacia donde queremos: algunos rezan, otros van con  su psicólogo, ciertamente algunos escriben (¿suerte de terapia del autor con su escritura?); están los que se caen a curda, hacen meditación o se ahorran ese dinerito y le consultan a su almohada. Todo es valedero para hallar el norte y dejarnos llevar con total confianza por nuestra propia bitácora, ese artilugio casi ancestral del que se valieron tantos marineros para no naufragar, pero que en nuestra modernidad puede tener cualquier forma, incluso la de un libro.
Esta es la forma que escogió Saúl Rojas Blonval, la de un libro, para construir su bitácora literaria, para condensar en sus trece relatos lo quimérico, lo fantástico, lo inaudito. Tal vez el autor se dijo así mismo lo siguiente: “he preferido hablar de cosas imposibles/porque de lo posible se sabe demasiado”, tal como cantó alguien que seguramente ustedes recuerdan pero que prefiero no mencionar por razones políticas. Así, con este maravilloso mecanismo de la palabra y la imaginación —o viceversa— concretó su primera publicación: Bitácora de mundos imposibles.
No sería descabellado pensar que su profesión de arquitecto le haya facilitado la construcción, el despliegue de imaginería y originalidad para contarnos historias, que por sencillas, terminan sorprendiéndonos. Es lo que yo llamo el ojo afinado, agudo, para ver lo que los demás no vemos, a pesar de que todas sus historias nacen o son tomadas de lo más simple, de una cotidianidad tan natural a cualquiera, de hechos o situaciones sencillas que pasan frente a nuestras narices y no las percibimos. Y he allí el encanto de un narrador, de un contador de cuentos.
Todo comienza entonces con la imagen de un hombre, el Agamenón al cual me referí al principio, en apariencia solitario, quien se regodea en su placer de tomar café, y sobre todo, lo que resulta de ello: el estallido de imágenes y situaciones que hasta le llevan a imaginar el big bang. Todos estos “mundos imposibles”  se le dan a la perfección al personaje (¿o al autor?), desde que degusta la espuma del café hasta el azúcar no disuelto que termina en el fondo de la taza. Casi “una experiencia cósmica” producto de un acto ritual, pero sencillo como tomarse una taza de café, tal como dice el narrador “la cosa más extraordinaria que le había pasado en la vida”.
Luego esta bitácora pasa a un acicalador de bigotes de tigre con un inevitable toque de humor; a “Pastores de estrellas” en donde hay un delicado toque de cuento infantil apoyado en la humanización de los personajes, como el sol y la luna por ejemplo, así como en la hipérbole; hay espacio para un simpático relato en donde los actores/personajes son las plantas, en un mundo aturdido de árboles y flores atendidos por Hesperia, una tele operadora paciente y tolerante; también está un pintor de brocha gorda como Aristarco, quien forma parte del Departamento de Intervenciones Clandestinas perteneciente a una ciudad que sufre “una revolución emocional”, pues lo que aquí se pinta son manchas, manchas de humedad. Y así pasamos a una dieta musical a base de saxofón; a un taller en donde se construyen sombras; al relato de una extraña doctora con mala memoria pero que irónicamente es una experta en recopilar recuerdos y hasta por unos sofisticados maratonistas que corren laberintos.
Relato tras relato vamos de asombro en asombro y es que el cuento como género, en esencia, va de eso, de lo inaudito, de lo inesperado y en la Bitácora de mundos imposibles Saúl Rojas Blonval logra esta impronta de sorprender al lector y más aun tratándose de su ópera prima. En un mercado editorial tan variopinto como el nuestro, en donde al parecer estamos mirándonos más a nosotros mismos, bien por la condición país o porque decididamente reconocemos nuestros propios talentos literarios, publicar un libro entraña de por sí un  mérito rotundo ante las adversidades que todos conocemos. Y si este esfuerzo, lleva página a página una buena historia, buenos relatos, pues mejor valía alcanza el empeño de darle vida a un nuevo libro.

Después de mi lectura, y ver o sentir los aires o coqueteos cortazarianos que tienen estos relatos, por aquello de lo fantástico y la manera de re-crear mundos, me surge entonces la inevitable reflexión y se la transmito a ustedes con toda la mejor intención (aparte de que compren el libro): si esta es su primera publicación a través de lo imposible, ¿cómo serán las que se vengan si el mundo que decide narrar va de lo palpable, de lo tangible y de lo posible? Que cada quien lea, disfrute  de esta Bitácora de mundos imposibles y le dé respuesta a esta pregunta.